Hace unas semanas hablábamos de la Pascua como tiempo propicio para avanzar algunos proyectos dentro de nuestra Comisión de Ecología Integral. Presentábamos entonces un horizonte (la conversión ecológica como camino propio de nuestra Archidiócesis) y un norte (la encíclica Laudato si’ del Papa Francisco). Más recientemente se ha compartido aquí la propuesta de las Ecoparroquias, un modo concreto en que cada comunidad puede encarnar esa llamada. Corresponde ahora dar un paso más y preguntarnos qué significa, para cada uno de nosotros, dicha conversión ecológica.
La conversión ecológica, tal como la entiende el Magisterio, no es una moda ni una mera sensibilidad estética por la naturaleza. Es algo mucho más exigente: el reconocimiento de que nuestras decisiones cotidianas tienen un peso moral. Qué consumimos, qué desechamos, cómo la energía. Cuando uno descubre la relación con Dios del resto de criaturas, brota la reacción moral de considerar el impacto que cada acción y cada decisión personal provoca fuera de uno mismo.
Superar el paradigma tecnocrático
El núcleo del diagnóstico de Laudato si’ es la denuncia del paradigma tecnocrático: esa mirada que reduce lo creado a una materia prima, disponible para nuestro uso ilimitado. La tradición cristiana ofrece frente a ello una visión radicalmente distinta: no somos dueños sino custodios, no somos propietarios sino responsables ante Dios y ante las generaciones que vienen. San Francisco, al llamar hermanos al sol, a la tierra y al agua, no hacía poesía: enunciaba una realidad. Todo lo creado guarda una relación fraterna con nosotros porque compartimos un mismo origen: Dios.
De ahí que la conversión ecológica sea, antes que un programa de acción, una conversión de la mirada. Sólo desde ella pueden brotar con coherencia los cambios de hábitos tan repetidos en la encíclica de 2015.
Gestos compostelanos: de la persona a la comunidad
En nuestra realidad concreta, esa conversión se juega en cuestiones de apariencia modesta, pero de alcance considerable. La eficiencia energética en nuestras parroquias, colegios y casas diocesanas no es una preocupación técnica: es una expresión pastoral. Cada kilovatio ahorrado es una muestra de respeto hacia unos recursos naturales finitos y hacia quienes vendrán detrás. Lo mismo ocurre con el papel: usar sólo el estrictamente necesario, imprimir a doble cara cuando haya que imprimir y asegurarnos de que todo lo consumido llegue a circuitos de reciclaje adecuados. Son gestos que expresan una manera cristiana de habitar el mundo.
La separación correcta de residuos, que en Galicia cuenta con infraestructuras consolidadas para valorizar lo que generamos, deja de ser un trámite administrativo cuando la entendemos en clave de custodia. Reutilizar antes que desechar puede ser, si brota de motivaciones profundas, un acto de amor que expresa y reafirma nuestra propia dignidad.
Sería un error limitar la conversión ecológica a la suma de buenas intenciones privadas. A los problemas sociales se responde con redes comunitarias, no con la mera agregación de bienes individuales. Por eso necesitamos pensar esta conversión también en clave archidiocesana: criterios comunes de eficiencia energética en nuestros edificios, coordinación entre parroquias para iniciativas de reciclaje y reutilización, formación en ecología integral en nuestros centros educativos.
La ecología integral, entendida así, se convierte en un rasgo reconocible de nuestra Iglesia, y no en una inquietud puntual de algunos fieles especialmente sensibles al tema.
Un camino que se camina paso a paso
Ninguna de estas claves es novedosa. Todas están ya, de una u otra manera, en la Laudato si’ y en el desarrollo magisterial posterior. Lo específico de nuestra tarea es traducirlas a la realidad de la Archidiócesis de Santiago de Compostela: a sus parroquias rurales y urbanas, a sus diferentes dependencias, a sus colegios, a sus casas diocesanas, a la sensibilidad de sus fieles.
No se trata de añadir una carga más a la vida parroquial, sino de vivir con mayor coherencia la vida cristiana que ya compartimos. Como dijimos al comenzar este camino, lo importante no es la velocidad sino la dirección. Y la dirección está marcada.






