Desde la Delegación para el Servicio al Desarrollo Humano Integral de la archidiócesis compostelana queremos despedir este 2025 recordando las hermosas reflexiones del Papa León XIV en Dilexi te, un documento que habrá de marcar este pontificado.
Este comentario no quiere entrar en detalle en cuestiones teológicas, simplemente busca volver sobre el texto tal y como nosotros lo interpretamos y compartir una humilde reflexión sobre el sentido que le otorgamos.
En los próximos días publicaremos un segundo comentario centrado en las orientaciones concretas que del texto recibimos como trabajadores al servicio del Desarrollo Humano Integral.
1.- LA OPCIÓN PREFERENCIAL POR LOS POBRES
En su lectura no tarda en aparecer la orientación general, y con una formulación clara y directa. El Papa León XIV está “convencido de que la opción preferencial por los pobres genera una renovación extraordinaria tanto en la Iglesia como en la sociedad, cuando somos capaces de liberarnos de la autorreferencialidad y conseguimos escuchar su grito” (n. 7).
La exhortación apostólica habla de las múltiples formas de la pobreza: “aquella de los que no tienen medios de sustento material, la pobreza del que está marginado socialmente y no tiene instrumentos para dar voz a su dignidad y a sus capacidades, la pobreza moral y espiritual, la pobreza cultural, la del que se encuentra en una condición de debilidad o fragilidad personal o social, la pobreza del que no tiene derechos, ni espacio ni libertad” (n. 9), de “viejas” y “nuevas” pobrezas, “en ocasiones más sutiles y peligrosas”(nn. 10 y 13) y de sus “causas estructurales” (n. 94).
El concepto amplio y comprensivo de pobreza hace que queden incluidos los enfermos (n. 49), los cautivos (n. 61) y los migrantes (n. 73), con previa mención especial a la situación de las mujeres en una sociedad que “todavía está lejos de reflejar con claridad que tienen exactamente la misma dignidad e idénticos derechos que los varones” (n. 12).
2.- EL PROBLEMA DE LA AUTORREFERENCIALIDAD
Dilexi te identifica claramente el problema de la “autorreferencialidad” en el que a menudo caemos los cristianos:
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- “Estamos muy concentrados en nuestras propias necesidades” (n. 107).
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- Mantenemos la “ilusión de una felicidad que deriva de una vida acomodada”, una “visión de la existencia basada en la acumulación de la riqueza y el éxito social a toda costa, que se ha de conseguir también en detrimento de los demás y beneficiándose de ideales sociales y sistemas políticas y económicos injustos” (nn. 7 y 11).
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- Nos dejamos llevar por “una mentalidad dominante que considera normal o racional lo que no es más que egoísmo e indiferencia” (n. 93), por “una falsa visión de la meritocracia en la que parecería que solo tienen méritos aquellos que han tenido éxito en la vida” (n. 14).
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- Mantenemos “actitudes marcadas por ideologías mundanas” y “posicionamientos políticos y económicos que llevan a injustas generalizaciones y a conclusiones engañosas” (n. 15) y acabamos viviendo nuestras relaciones sumidos en una “lógica del cálculo y del interés” (n. 23), “exitista y privatista” (n.95), “prefiriendo círculos sociales que nos tranquilizan” y “buscando privilegios que nos acomodan” (n. 114).
En este contexto de alienación social (n. 93) y mundanidad espiritual (n.113), se vuelve normal ignorar a los pobres cuando la pobreza debería conmovernos. Ver a alguien sufriendo nos molesta (n. 107). Pretendemos que Dios nos libre de la infelicidad (n. 93) pero ignoramos a quienes sufren a nuestro lado (nn. 41 y 42). Vivimos en una sociedad que busca construirse de espaldas al dolor (n. 107), que quiere “observar la realidad con criterios superficiales y desprovistos de cualquier luz sobrenatural” (n. 114). En esta situación o “reconquistamos nuestra dignidad moral y espiritual” o “caemos en un pozo de suciedad” (n. 95).
3.- ESCUCHAR EL GRITO DE LOS POBRES: LA RENOVACIÓN QUE PRODUCE
Dilexi te nos habla, precisamente, de renovación. De la renovación que se hace posible si conseguimos “escuchar el grito de los pobres”. La exhortación está plagada de ejemplos históricos en el seno de la Iglesia de quienes consiguieron escuchar ese grito con claridad: desde nuestro Santiago (n. 40) a Crisóstomo de Constantinopla (nn. 41 y 42), San Ambrosio (n. 43), San Agustín (n. 45), San Mateo (n. 52), San Benito (n. 55), Juan Casiano (n.57) o Santa Teresa (n. 77) hasta Juan Pablo II (n. 87), Benedicto XVI (n. 89) y Francisco (n. 93).
Son todos estos ejemplos de una vida entregada a una forma de entender la caridad que “no derivaba de análisis o de proyectos, sino directamente del ejemplo de Jesús, de las mismas palabras del Evangelio” (n.29) pues “¿para qué complicar lo que es tan simple?” (n. 31). Al final “siempre es necesario volver a leer el Evangelio, para no correr el riesgo de sustituirlo con la mentalidad humana” (n. 15); ya que es “de nuestra fe en Cristo hecho pobre, y siempre cercano a los pobres y excluidos” que “brota la preocupación por el desarrollo integral de los más abandonados de la sociedad” (n. 23).
De esta forma de entender “el evangelio desde abajo” (n. 66) y la opción preferencial por los pobres como “expresión concreta de la fe en el Verbo encarnado” (n. 39) es que puede nacer, otra vez más en la historia, la renovación (n. 103), pues “la caridad es una fuerza que cambia la realidad, una auténtica potencia histórica del cambio” (n. 91).
Una renovación para la que el Papa León XIV cree que la Iglesia debe “valorizar positivamente la manera popular que (los pobres) tienen de vivir la fe” (n. 100) y en la que “todos debemos dejarnos evangelizar por los pobres”, reconociendo “la misteriosa sabiduría que Dios quiere comunicarnos a través de ellos” pues “solo comparando nuestras quejas con sus sufrimientos y privaciones, es posible recibir un reproche que nos invita a simplificar nuestra vida” (n. 102). Los pobres “en el silencio de su condición, nos colocan frente a la realidad de nuestra debilidad (…) nos hacen reflexionar sobre la precariedad de aquel orgullo agresivo con el que frecuentemente afrontamos las dificultades de la vida” (n. 109).
CONCLUSIÓN
Cada renovación eclesial ha tenido siempre como prioridad la atención preferencial a los pobres (n. 103). La renovación que vendrá exige pues percatarse de que vivimos atrapados en una autorreferencialidad que nos impide comprender que la realidad se ve mejor desde los márgenes y que los pobres son sujetos de una inteligencia específica, indispensable para la Iglesia y la humanidad (n. 82).
Si una comunidad de la Iglesia se olvida de los pobres terminara “sumida en una mundanidad espiritual, disimulada con prácticas religiosas, con reuniones infecundas y discursos vacíos” (n. 113). Solo cuando la Iglesia se arrodilla para romper las nuevas cadenas que aprisionan a los pobres (n. 61), cuando se arrodilla junto a un leproso, a un niño desnutrido o a un moribundo anónimo, realiza su vocación más profunda: amar al Señor allí donde Él está más desfigurado (n. 52) y aprende así la verdad del evangelio desde abajo (n. 66). Los pobres están en el centro de la Iglesia desde la fe en Cristo hecho pobre, y siempre cercano a los pobres y excluidos (n.123). Esta tarea de escucha del grito de los pobres que libera de la autorreferencialidad puede tener lugar en el corazón de cada fiel, no se trata de una misión reservada sólo a algunos o a las estructuras eclesiales (n.124). Solo hay que alimentar el amor, y eso se hace con gestos (nn. 4, 119). Todos podemos dejarnos evangelizar por el niño que acaba de nacer en un pesebre.






