El 4 de diciembre de 2000, la Asamblea General de la ONU, teniendo en cuenta el creciente número de migrantes en el mundo, proclamó el 18 de diciembre como Día Internacional del Migrante.
Y aunque es verdad que existe una hiperinflación de “días internacionales” que, en cierto modo, descafeína lo que se pretende resaltar, desde la Delegación para el Servicio del Desarrollo Humano Integral de la archidiócesis compostelana, en la que se encuadra la pastoral con las personas migrantes y refugiadas, no queremos desaprovechar la ocasión y nos unimos de corazón a esta celebración porque sentimos la obligación de reafirmar la imperiosa necesidad de contar con sistemas migratorios más seguros, más inclusivos y justos en un mundo que está cambiando con enorme rapidez. Y es que, a pesar de sus comprobados beneficios y de que tradicionalmente Galicia ha sido una tierra de emigrantes, constatamos con gran tristeza que la inmigración sigue sin ser comprendida cabalmente.
El lema de este año, Mi gran historia: culturas y desarrollo, destaca el hecho de cómo la movilidad humana impulsa el crecimiento, enriquece a las sociedades, ayuda a las comunidades a conectar y a apoyarse mutuamente; garantiza, en definitiva, un futuro mucho más justo y sostenible para todos. Las personas y las sociedades somos interdependientes, nos necesitamos los unos a los otros. En 2025 este mensaje, me parece, resulta mucho más urgente que nunca.
En este Día Internacional del Migrante desde esta delegación diocesana reclamamos políticas públicas más inteligentes, una cooperación más sólida y un renovado compromiso para lograr que la inmigración funcione para todos. Porque todo viaje de un migrante es una historia de resiliencia y esperanza; porque, cuando a la migración se la maneja bien, cada historia personal se convierte en parte de una historia mayor que enriquece a las culturas, fortalece el desarrollo y nos beneficia a todos. Esta es nuestra historia, una historia compartida.
La Iglesia reconoce en cada una de las personas migrantes el rostro de Cristo y recuerda la enseñanza constante de la Sagrada Escritura: “Fui forastero y me acogisteis” (Mt 25, 35). Como subrayó el papa León XIV en su mensaje para la
Jornada Mundial del Emigrante y del Refugiado de este año, “en un mundo oscurecido por la guerra y la injusticia, incluso cuando todo parece perdido, los migrantes y los refugiados se erigen en mensajeros de esperanza [..] Al mismo tiempo, las comunidades que los acogen pueden ser también un testimonio vivo de esperanza, entendida como la promesa de un presente y un futuro en los que se reconozca la dignidad de todos como hijos de Dios. De este modo, los migrantes y refugiados son reconocidos como hermanos y hermanas, parte de una familia en la que pueden expresar sus talentos y participar plenamente en la comunidad”.
Hoy puede ser un buen día para leer el Pacto Mundial para una Migración Segura, Ordenada y Regular (ONU, 2018) o la exhortación pastoral de la Conferencia Episcopal Española que lleva por título Comunidades acogedoras y misioneras. Identidad y marco de la pastoral con migrantes (2024).
José Ramón Amor Pan
Delegado para el Servicio al Desarrollo Humano Integral





