En el texto publicado el 31 de diciembre ya anunciábamos un segundo comentario a esta exhortación apostólica centrado en las orientaciones concretas que del texto desprendíamos para el desarrollo humano integral.
Nos centramos en tres cuestiones: la naturaleza especial de la opción preferencial por los pobres, la importancia de comprender la complejidad de la pobreza y, por último, la necesidad de realizar nuestro trabajo siempre con los pobres.
1.- NATURALEZA ESPECIAL DE LA OPCIÓN PREFERENCIAL POR LOS POBRES
Dilexi te insiste en que el trabajo con los pobres en el seno de la Iglesia es distinto, “tanto en motivaciones como en el estilo” de las actividades de cualquier otra organización humanitaria (n. 103). Para los cristianos la caridad hacia los necesitados no es una simple virtud moral, sino una “expresión concreta de la fe en el Verbo encarnado” (n. 39), “los pobres están en el centro de la Iglesia (…) desde la fe en Cristo hecho pobre, y siempre cercano a los pobres y excluidos” (n. 111).
Frente a una sociedad que a menudo privilegia algunos criterios de orientación de la existencia y de la política marcados por numerosas desigualdades (n. 10) y definidos por la lógica del cálculo y el interés (n. 23), frente a actitudes marcadas por ideologías mundanas o por posicionamientos políticos y económicos que llevan a injustas generalizaciones y a conclusiones engañosas (n. 15), quienes trabajan en estructuras pastorales al servicio del desarrollo humano integral deben tener siempre claro de dónde brota su vocación y no dejarse llevar por criterios superficiales y desprovistos de cualquier luz sobrenatural (n. 114).
Es partiendo de esta concepción que, de entre todas las formas de pobreza, podemos mostrar un interés especial por la pobreza moral y espiritual (n. 9) tan olvidada por otras instancias. Dilexi te nos recuerda cómo la peor discriminación que sufren los pobres es la falta de atención espiritual (n. 114), de ahí que nuestra relación con ellos no pueda reducirse a una actividad o a una oficina de la Iglesia (n. 104) y deba ser integral, esto es, atender a todas las formas de pobreza en todas sus dimensiones (nn. 9 y 10), tanto materiales como espirituales, tanto asistenciales como de pastoral.
2.- COMPRENDER LA POBREZA
Dilexi te utiliza criterios de vanguardia en su definición de la pobreza, maneja un concepto amplio y comprensivo que entiende que ésta se da en múltiples formas (n. 9), que existen viejas y nuevas dimensiones de pobreza (n. 10) y que la pervivencia de reglas económicas y criterios anticuados, separados de la complejidad del actual momento histórico, que no entienden la pobreza en su contexto social, sería un error
Ante este afán por mantener una visión actualizada de la realidad de la pobreza, podemos preguntarnos: “¿Para qué complicar lo que es tan simple?” (n. 31); hemos dicho que la opción preferencial por los pobres es “expresión concreta de la fe en el Verbo encarnado” (n 39), que no deriva del análisis de proyectos sino directamente del ejemplo de Jesús y de las palabras del Evangelio (n. 29). León XIV responde a la pregunta recordando que “los aparatos conceptuales están para favorecer el contacto con la realidad que pretenden explicar, y no para alejarnos de ella” (n. 31), subrayando que “las estructuras de injusticia deber ser reconocidas y destruidas con la fuerza del bien, a través de un cambio de mentalidad, pero también con la ayuda de las ciencias y la técnica, mediante el desarrollo de políticas eficaces que transformen la sociedad” (n. 97).
Entendamos pues que esta comprensión sociológica de la pobreza debe ir, como la fe, acompañada del testimonio de las obras (n. 40) y recordemos que “permanecer en el mundo de las ideas y las discusiones, sin gestos personales, asiduos y sinceros, sería la perdición de nuestros sueños más preciados” (n. 119).
Quienes trabajan al servicio del desarrollo humano integral deben estudiar la realidad de la pobreza como Juan Casiano le pedía al monje “con humildad de corazón (…) que no conduce a la ciencia que hincha, sino a la que ilumina por medio de la plenitud de la caridad” pues “el saber, cuando está iluminado por la caridad, se convierte en servicio” (n. 57).
3.- TRABAJAR CON LOS POBRES
La exhortación apostólica Dilexi te nos pide, por encima de todo, que nos liberemos de la autorreferencialidad y que seamos capaces de escuchar el grito de los pobres (n. 7). Nos pide que nos conmovamos con los pobres (nn. 41 y 42), que seamos cercanos (n. 71) y nos arrodillemos junto a ellos (n. 61), que los recibamos y toquemos en ellos la carne sufriente de Cristo (n. 49). Recordando unas palabras de Santa Teresa de Calcuta, fundadora de las Misioneras de la Caridad, el Papa León XIV insiste en que “los pobres no necesitan nuestra lástima y simpatía, necesitan nuestro amor comprensivo. Necesitan nuestro respeto, necesitan que les tratemos con dignidad” (n. 77).
Desde el punto de vista del diseño de iniciativas para el desarrollo humano integral, se trata de comprender que “servir a los pobres no es un gesto de arriba hacia abajo, sino un encuentro entre iguales”, que “la realidad se ve mejor desde los márgenes” y que “los pobres son sujetos de una inteligencia específica indispensable para la Iglesia y la humanidad” (n. 82). Es por ello que debemos criticar “las políticas sociales concebidas como una política hacia los pobres, pero nunca con los pobres, nunca de los pobres y mucho menos inserta en un proyecto que reunifique a los pueblos (…). Si los políticos y los profesionales no los escuchan la demanda se atrofia, se convierte en un nominalismo, una formalidad, pierde representatividad, se va desencarnando porque deja afuera al pueblo en su lucha cotidiana por la dignidad, en la construcción de su destino” (n. 81). Se trata de no cometer nosotros ese error.
Esta concepción deben defenderla no sólo quienes trabajan de manera específica dentro de la Iglesia y al servicio del desarrollo humano integral, sino que todos los fieles deben tener una “preocupación por aportar, con una vida teologal integral, la respuesta de un testimonio eficaz de servicio al prójimo, y particularmente al pobre y al oprimido” (n. 98). Y es que “la religión, especialmente la cristiana, no puede limitarse al ámbito privado, como si los fieles no tuvieran que preocuparse también de los problemas relativos a la sociedad civil y de los acontecimientos que afectan a los ciudadanos” (n. 98).
Podemos comenzar, como la mujer que derramó un perfume caro sobre Jesús, por un “pequeño gesto de afecto” y ver “cuánto alivio puede causar” (n. 4).






