Este domingo se cumplen 100 días de la firma de Magnifica Humanitas, la primera encíclica del Papa León XIV. Inmersos como estamos en la “cultura de la inmediatez” (nº 139), las primeras lecturas llegaron a los pocos minutos de su publicación, el 25 de mayo, y se apresuraron a señalar que la encíclica “iba de la inteligencia artificial” (en adelante, IA); casi cien días después, desde la Delegación para el Servicio al Desarrollo Humano Integral queremos ofrecer una lectura que aspira a ser un poco más madura, siguiendo el propio espíritu del documento (nº 94 y 106).
¿De qué trata Magnifica Humanitas?
El carácter dinámico de la DSI
Magnifica Humanitas trata, en realidad, del “carácter dinámico de la Doctrina Social de la Iglesia” (en adelante, DSI), pues no aborda la IA como un “apéndice temático o como una emergencia que hay que gestionar”, sino como “una transformación que interpela desde dentro las categorías de la Doctrina social y exige un mayor desarrollo de la misma, en fidelidad al Evangelio” (nº 17). La encíclica resume primero la historia (capítulo I) y los fundamentos y principios (capítulo II) de la DSI, para después, a modo de ejemplo de aplicación, someter la IA y la cultura del poder que la encumbra a un examen detenido (capítulos III, IV y V). De ahí surgen retos éticos significativos, ante los que propone un cambio cultural basado en el amor y capaz de un desarrollo humano integral (capítulo V y conclusión).
La DSI aparece así no como un manual de principios y normas que hay que aplicar, sino como un “camino de discernimiento comunitario” (nº 27), capaz de “iniciar procesos de bien” y “dejar que maduren” (nº 25). Esta visión —que traza una ruta de lo personal a lo comunitario, y nos ofrece en la DSI una herramienta para recorrerla— logra acercar cuestiones como la de la IA, que a menudo nos parecen lejanas y reservadas a los expertos, y consigue interpelarnos como Iglesia, como diócesis y a nivel personal, como fieles.
Dar forma a nuestro tiempo con nuestras elecciones: criterios de discernimiento y buenas prácticas
Magnifica Humanitas nos recuerda que tenemos la tarea de dar forma a nuestro tiempo, y que esto nos sitúa inevitablemente ante una serie de elecciones (nº 1). Una de las más trascendentales hoy es la de cómo queremos que sea nuestra relación con la tecnología, que “no es neutral, porque toma el rostro de quien la concibe, la financia, la regula [y] la utiliza” (nº 9).
Ante esta elección, la encíclica nos pide que “no bendigamos entusiasmos ingenuos ni alimentemos miedos estériles”, sino que “indiquemos criterios de discernimiento” —bien común, destino universal de los bienes, subsidiariedad, solidaridad, justicia— y “los traduzcamos en prácticas” (nº 14). Así lo desarrolla más adelante: hablar de bien común significa desenmascarar la nueva asimetría epistémica, económica y política de los monopolios de la IA; hablar de destino universal de los bienes, asegurar el acceso universal a las tecnologías y a la formación; hablar de subsidiariedad, proteger la capacidad de las comunidades de decidir y corregir desde el principio, sin relegarlas a una vigilancia posterior sobre estándares ya fijados en otro sitio; hablar de solidaridad, reconocer el trabajo invisible —a menudo explotado— que alimenta los modelos algorítmicos; y hablar de justicia, cuestionar quién puede programar los modelos y quién es solo objeto de esa programación, entendiendo que la justicia social debe ponerse en práctica desde el propio diseño de la tecnología, no solo tutelarse después (nº 109).
Lo fundamental: un discernimiento sobre la visión antropológica que guía el progreso y los fines que persigue
Magnifica Humanitas recoge una advertencia de Pablo VI: “los progresos técnicos más extraordinarios, las proezas técnicas más sorprendentes, el crecimiento económico más prodigioso, si no van acompañados de un auténtico progreso social y moral, se vuelven, en definitiva, contra el hombre” (discurso en el 25º aniversario de la FAO, 16 de noviembre de 1970). La encíclica actualiza esa advertencia: “si el desarrollo tecnológico avanza sin una adecuada maduración ética y social puede suceder que aumenten los medios sin que crezca en la misma medida la humanidad […], y la persona corre el riesgo de ser valorada principalmente en base al rendimiento que ofrece” (nº 94).
Esto es importante porque “cuando la eficiencia se vuelve medida de valor, el ser humano es tentado a considerarse como un proyecto que debe optimizarse más que como una criatura llamada a la relación y a la comunión” (nº 112). Conviene tener siempre presente que “la calidad de una civilización no se mide por el poder de sus medios sino por el cuidado que sabe ofrecer” (nº 114). Ahí está, a la luz de la DSI, el punto crítico: si el ser humano es “tratado como materia para ser perfeccionada o superada” (nº 117) —en línea con algunos postulados transhumanistas y poshumanistas—, o si se le reconoce una dignidad “que no depende de las capacidades que posee, de las riquezas o del rol que desempeña, ni de las decisiones justas o equivocadas que toma, sino que es un don que [le] precede y [le] excede, dado por Dios como expresión de su amor que nunca falla” (nº 50).
La cultura del poder y la civilización del amor
Frente a una cultura del poder “hecha de polarizaciones y violencias”, ensimismada en el “paradigma tecnocrático” y en la “carrera por desarrollar tecnologías cada vez más poderosas” (nº 185), y que “atribuye mayor valía a quienes son más eficientes y productivos” (nº 51), persiste una civilización del amor que “no es una utopía ingenua, sino un proyecto exigente”: “consiste en traducir la caridad en estructuras de justicia, en dar cuerpo institucional a la fraternidad”, en hacer del amor social cultura y norma (nº 186).
¿Cómo contribuir? Vías de responsabilidad cotidiana para construir la civilización del amor
Puede surgirnos la duda de como contribuir desde nuestra realidad personal y local al desarrollo de esa civilización del amor, la encíclica nos orienta, esta “no nace de un gesto único y espectacular, sino de una suma de fidelidades pequeñas y tenaces, que hacen frente a la deshumanización” (nº 213), por tanto, se trata de una tarea que se realiza en lo cotidiano y que nos pide:
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- Desarmar las palabras: todos debemos “hacer un examen de conciencia sobre las palabras que usamos, sobre los prejuicios de los que están impregnadas y sobre la agresividad, abierta o encubierta, que las motiva”. Tenemos una posibilidad real de contribuir al bien cada vez que decimos la verdad, damos un consejo sabio, apoyamos a quien necesita consuelo, denunciamos una injusticia o damos voz a quien no la tiene (nº 214).
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- Asumir la mirada de las víctimas: “hay conflictos en los que no es justo permanecer neutrales”, y no basta con pensar que no somos cómplices. Para ello debemos “tocar la carne de quienes sufren: mirar los rostros, escuchar las historias, reconocer las heridas”, y dar espacio en la información y en la educación a la mirada y a la voz de las víctimas de toda forma de violencia (nº 216).
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- Cultivar un sano realismo: existe un idealismo que, “para salvar su propia visión del mundo, selecciona los hechos, los manipula, los renombra y termina habitando una realidad construida a la medida de sus propias convicciones”; y existe también “un realismo degradado que confunde la constatación con la resignación”. Debemos cultivar en cambio un realismo capaz de “ver con claridad los intereses, los miedos, las limitaciones y las relaciones de poder”, pero también de calcular “qué es posible y con qué pasos”, buscando así “modos viables para que la paz sea más que una palabra”: instituciones creíbles, garantías verificables, negociaciones pacientes (nº 218).
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- Relanzar el diálogo: el diálogo es “una dimensión ordinaria de la vida humana”, una actitud que permite “construir lazos de fraternidad, hechos de escucha, de miradas sinceras, de tiempo dedicado, incluso de tiempo perdido juntos”, porque “si experimentamos el encuentro auténtico con el otro, el diferente, el extranjero, el migrante, se vuelve incluso mucho más difícil siquiera imaginar la guerra” (nº 220).
CONCLUSIÓN
Las inteligencias artificiales “no viven una experiencia, no poseen un cuerpo, no pasan por la alegría y el dolor, no maduran en las relaciones ni conocen desde dentro lo que significan el amor, el trabajo, la amistad y la responsabilidad. Tampoco tienen conciencia moral: no juzgan el bien y el mal, no captan el sentido último de las situaciones ni asumen el peso de las consecuencias”. No es la suya “la experiencia de quien se deja modelar por la vida y crece en el tiempo por medio de decisiones, errores, perdón y fidelidad” (nº 99). Las personas “a lo largo de los años conservamos en nosotros enseñanzas que quedan marcadas como cicatrices, memoria del camino realizado entre libertad y caídas, sueños y decepciones. Solo gracias al entramado de estos elementos se realizan en el corazón esas maravillas interiores que nos hacen saborear el gusto más dulce de nuestro ser humanos” (nº 120).
La humanidad magnífica, y su experiencia religiosa —en particular la fe cristiana—, propone habitar sin simplificaciones esta ambivalencia entre la grandeza y el límite de lo humano, interpretándola a la luz de la relación originaria y fundante con Dios (nº 118), que nos lleva al reconocimiento de una dignidad ontológica “que pertenece a todo ser humano simplemente por el hecho de existir, de haber sido querido, creado y amado por Dios” (nº 52).
Magnifica Humanitas inicia así un camino de discernimiento sobre el progreso tecnológico en su forma de IA, y nos recuerda la poderosa herramienta que la DSI supone para andarlo y “hacer camino al andar”, construyendo una civilización del amor que está en lo cotidiano: las palabras, el diálogo y el acompañamiento a quienes sufren. Es, también, el camino que desde esta delegación queremos seguir recorriendo como peregrinos, junto a nuestra Iglesia local, en Santiago de Compostela, con las palabras, el diálogo y el acompañamiento que están a nuestro alcance.






